QUIÉNES SOMOS

Los X fiAdos somos un equipo de trabajo que organiza recitales para personas cuyas vidas están lejos de la música.

Los recitales están a cargo de músicos que sienten que su música debe llegar a la gente que la necesita.

Lugares para los recitales: paradores nocturnos, hospitales psiquiátricos, penales, hogares para personas con necesidades especiales, centros de alojamiento para chicos en problemas.

X fiAdos no tiene relación con iglesias ni gobiernos.


martes, 29 de marzo de 2011

Concierto de Tango a las Brasas en el Hogar Kaupé

Esta es la crónica del recital del 25 de marzo de 2011
  
Nos metemos, cayendo el atardecer, en el comedor del Kaupé a la espera de los músicos que prometieron regalarnos unos tangos. A su llegada, las fundas de sus ligeras y portátiles guitarras -en contraste con el pensamiento obeso e inmóvil de un piano- preludian el convite: llega el tango a donde no suele, llena esta música un confín donde no le es habitual abundar.
El hogar transmite una calma de rutina, acelerada sobriamente por los últimos preparativos para el concierto. Una de las chicas sale recientemente de la ducha con sus cabellos canos peinados con agua y se entrega a no retomar su labor asignada en la cocina para sentarse disfrutar con sus compañeras. Otra, desde el marco de una de las ventanas, nos tienta a esperar de su voz arrabalera algunas notas de aguardiente en algún coro. Una más se entusiasma remembrando los instantes en lo que tocó la guitarra para una multitud. Las chicas se van acomodando, siempre atentas a la influencia organizadora de Maite y los músicos se van alistando para empezar.

La formación está compuesta por dos guitarras de una técnica cuidadosa (que  se intuía al ver desplegarse el atril metálico sobre el que apoyaron las partituras), a cargo de Juan Pablo Rey y Lucas Bragán, y la maravillosa voz femenina de Eugenia Trino. Juan Pablo, portavoz en los intercambios atinados del coloquio con el público, anuncia la intención del trío desde el inicio: llevar el tango allí adonde no le es habitual llegar. Quizás en un primer gesto empático, los músicos -que no se definían como tangueros de toda la vida, sino como provenientes del jazz, el rock y otros estilo de más facilitada propagación- replicaban así el regalo por el que a ellos hubiera llegado el tango en su nuevo intento de difundir este estilo. Así comenzamos a acercarnos el público y los músicos.
Desde las primeras obras interpretadas, demostraron su talento desnudando rápida y promisoriamente los intensos momentos que nos harían disfrutar por la siguiente hora. Ya los oyentes nos sentimos cómodos y acariciados desde el principio.
Un primer hito del espectáculo lo marcó el paso del repertorio por un tango burlón, de esos cuya letra sarcástica -hasta dicharachera- provocaron en la audiencia risas espontáneas y más allá de los límites del cumplido. Quedaba expuesto -como comentara Eugenia- que el tango no siempre (ni necesariamente) es triste; por lo menos, se evidenciaban dos razones: las risas al compás de los coros de "Garufa" y la misma circunstancia que nos convocaba esa tarde escuchándolos.
Los intérpretes despilfarraron su generosidad avanzando con un repertorio que matizó el tango con diferentes cadencias que nos inundaron sucesivamente. En diversos pasajes, el acento en los rasguidos de las guitarras resultaban un incentivo ineludible para acompañar el ritmo candombero de una de las piezas, los achacarereado saltos  de otra, el tránsito de bolero de alguna más y hasta un vaivén de balada promediando el recital.
Más tarde, "Noche de ronda" animó a varias de las mujeres a musitar un coreo que iba más allá de los estribillos, en algunas de las chicas de la audiencia, lo que parecía presagiar la gran intervención postrera de la nueva huésped del Hogar Kaupé.
Los guitarristas nos convidaron con un dueto en el que sus voces, más sobrias,  pretendidamente recias pero que se hacían inseparables de la candidez de su acto, relevaron a Eugenia para ayudarla en un merecido descanso de sus cuerdas vocales. El ritmo acelerado del vals ya nos había llevado a un éxtasis que duraría hasta terminado el recital y quedaría humedeciendo el aire a la salida del salón. Los aplausos de final aletargado y tardío de la chica que se sentó en el fondo eran más sinceros que los del resto del público: expresaban, más allá de las formas, las ganas que teníamos todos de devolver el regalo de la música con aplausos interminables.
Con "Muchacho" -que fue dedicada explícitamente a Tomate pero que nos implicó a los hombres presentes (y no presentes, ¿por qué no?)- la dulcísima voz de Eugenia contagió de una complicidad que podía tocarse entre las filas de sillas y el espacio escénico en que aquella coronaba el terceto. La llegada de algunos versos como "y no sabés qué es secarse / en una timba y armarse / pa' volverse a meter” reflejaban una metáfora perfecta del momento de la vida en la que estas tenaces y pacientes mujeres del Kaupé buscan volver a empezar.
Sobrevino más tarde la primera aparición de la nueva huésped. Como nos había contado Rosita, la operadora, había estado todo el día cantando y quería que los músicos la acompañaran en su versión de "Que nadie sepa mi sufrir". No necesitó para encaramarse al escenario de más impulso que su amor propio y el apoyo de sus compañeras. Sí necesitó, para soltar su voz, de una magnífica escoba de micrófono y de unos ojos que se cerraron durante toda su interpretación apretando fuerte para que el brillo de su alma solo saliera por su garganta. La habilidad de Lucas, en la guitarra que la secundó, fue sobresaliente para adaptarse a su tono, primero, y apuntalar sus notas, después, que se dispersaron sólo en la ovación que coronó la canción. Todos los presentes nos abalanzamos para abrazarla y besarla, y ella dedicó a cada uno un abrazo correspondido una sonrisa diametral.
Luego de algunos tangos más, los músicos nos brindaron la interpretación instrumental de un tema de composición propia. Gustavo y Liz persistían en retratar en fotos la alegría de paz de la que rebalsaban nuestros espíritus.         
Para el final, la nueva interpretó "Naranjo en flor". La segunda intervención de la cantante del Kaupé con su micrófono, su timidez y su valor nos lavaron las lagañas de la duda y conmovieron las incertidumbres que nos frenan a decidirnos a dar un paso adelante hacia nuestros deseos.

El cierre fue necesario para no perder conciencia de la realidad, porque el ambiente irradiaba unos vapores de ensueño que casi llevaban la historia molecular grabada con el repertorio, título a título, en el aire. Los átomos del comedor del Kaupé habían quedado erizados, las partículas magnetizadas y los ánimos de las chicas -acariciados y abrazados- gozaban levitando como evidencia del amoroso efecto con el que nos contagió la música de este sensiblísimo y talentosísimo trío tanguero.
La agitación de las almas se olía en cada beso, cada abrazo, cada bocanada de despedida, mezclada con el perfume de los zapallos de la sopa.
Un momento pa' volverse a meter...

 Por Sebastián Rodríguez








Notas complementarias

Una chica nos muestra dibujos de sus hijos, y una carta de otro, más chico: “te extrañamos”. Es duro para nosotros leer esa carta de dos palabras. Pero ella está más allá, aprendió a  estar por el piso y aún así ser feliz porque sus hijos dibujen, escriban y la quieran.

Una nueva huésped ha escrito frases de ánimo en una cartulina. En una le dice a sus compañeras sin casa: "Aunque todos las abandonen sus caminos deben seguir".

Tomate charla con una huésped que no conocía. Ella le está diciendo que es tucumana y que sabe tocar la guitarra. No pasarán muchas horas antes de que Tomate agite la necesidad de que los X fiAdos le llevemos una guitarra. Tomate: ángel incurable. Aquí aman a Tomate desde el día que el lugar se inundó durante un recital que él daba, y dejó la guitarra y agarró un secador de piso para sacar el agua.

Esto es un hogar, y por tanto el fundamente del refugio es el cotidiano. Pero nosotros llevamos un momento especial, que debe abstraer a las mujeres de la rutina. Vamos en la dirección contraria de la construcción del hogar. Algunos recitales se convirtieron en música que salía de la radio, con las mujeres durmiendo, preparando la cena o charlando. Este viernes no. Entre Maite, la X fiada que estuvo a cargo, y Rosita, la operadora, construyeron algo terminante: había que respetar a los músicos. La cocinera salió de la cocina, desde el patio vinieron las fumadoras, quien estaba en la cama se levantó. Se desplegó, así, la magia de la música y del tango.

Abre el recital Juan Pablo Rey. Explica con gran respeto qué tocarán. Con el otro guitarrista, Lucas Bragán, tocan temas arreglados con gusto y talento. Están concentradísimos, afinados con exactitud. Gran entrega la suya.

Cuando los músicos empiezan a tocar aparece un gato. Se para frente a ellos, en el espacio vacío que los separa del público. Da la espalda a la gente y mira desvergonzadamente a cada guitarrista y a Eugenia cuando ésta canta. Parece un chico mirando algo que le interesa, sin percatarse de que lo están mirando a él. El gato se siente a gusto. Al rato empieza a retozar, jugar y retorcerse contra el piso. Luego va a refregarse contra el zapato del tanguero guitarrista. Luego empieza a jugar con las partituras que los músicos han puesto sobre el suelo. Se queda todo el recital allí.
El gato, desobediente e independiente como corresponde a un gato, ha metido por la ventana el cotidiano que fue sacado por la puerta. 

El tango les otorga seriedad, o más, gravedad a los jóvenes guitarristas. Eugenia parece no necesitarla: ya hay un registro dramático en ella.

La voz de Eugenia es deliciosa. Como cantante es esmeradísima y se exige con mucho rigor. Se anima con un vals extenuante. Los guitarristas se animan solos en un tango. Cantan:

Yo pungüié por tu cariño
Me engañaste como a un niño
Pero esa deu—
Esa deuda, se paga.

Se ensamblan los músicos con el espíritu de la música del tango. Se van, enganchados, como un barco va enganchado a la corriente, y nos llevan. Viajamos todos. Gran momento.

Animan a la nueva huésped para que vaya a cantar y ella se anima. Junto a los músicos se suelta: “no puedo cantar sentada”.
                    Pero muy bien, parate —le dicen los músicos. Y entonces ella redobla la apuesta:
                    Necesito un micrófono.
No hay micrófono. Están tocando y cantando sin equipo de sonido.
                    Entonces me lo voy a buscar.
Sale al patio y vuelve con un secador de piso. Ahora sí, larga con un valsecito peruano nada fácil.
Aplauso cerrado, cuando termina. Aplauso al tango, a Eugenia, que ya cantó aquí, a Juan Pablo y a Lucas; aplauso a la fusión, al concierto. Aplauso, en fin, porque hubo algo que aplaudir.

Por Gustavo Ng

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Cuentos y Canciones en el Hogar Kaupé


Introducción

Hace mucho tiempo los Porfiados deseábamos a Claudia y a Verónica en nuestro “auditorio de espectáculos”, que cada 15 días venimos montando en el “living-comedor-sala de estar y otros” del Hogar Kaupé. Lo deseábamos mucho los Porfiados, pero mucho, porque ellas son, hablando en términos de elevada critica artística: ¡Grosas!

Además de eso, cada una tiene en su haber un largo camino hecho en senderos muy transitados, pero no siempre con tanta sapiencia, talento, entrega, y tantas cosas mas que quedan cortas a la hora de hablar de ellas. Aman lo que hacen, y eso es lo que se les nota cuando lo hacen. Y uno, como espectador, compañero de ruta, o simple transeúnte que se topa con ellas, agradece. Porque además de amor, la sabiduría o el encanto, o la combinación de ambas cosas, o vaya a saber que, hacen que en todas sus presentaciones, se embruje la cotidianeidad del ámbito donde se encuentran, transformándolo en algo único y singular cuando ellas están.

Foto: Fernando Paván

Lo hacen de forma tan generosa, que cuando se van, no se llevan los embrujos, ni las fantasías que nos dejan colgadas en los pasillos de la mente, o las ilusiones vueltas a nacer en los rincones oscuros de nuestro corazón, ahora iluminados y desnudos por ese faro que llevan puesto en su mirada. No. Ellas se van, y todo lo dejan, todo lo dan, para que nosotros también sigamos haciendo lo que ellas: contando cuentos, cantando canciones.

Al verlas uno no se pregunta si viven de lo que hacen, sino que se queda seguro de que viven para hacer lo que hacen. Para el que desee chusmear un poco a lo que nos referimos, por acá se puede mirar un poco de cada una, pero solo un poco, porque Claudia y Verónica, son en verdad, inclasificablemente buenas en lo que emprenden, y cualquier intento de describirlas será en vano, pero vale el intento.


Vienen presentando en diferentes ciclos, en diferentes meses, en diferentes años, y estaciones, un espectáculo que se llama “Quisiera amarte menos”, y que con el Chino fuimos a ver, (el por primera vez, yo, ya perdí la cuenta), esta vez, en el Teatro del pasillo, acompañándolas en guitarra Fede Szenkierman. Yo también las acompañe en guitarra alguna vez, con el mismo motivo, el mismo espectáculo, similares historias, idéntica sensación de estar haciendo algo importante, trascendente para mi, y mi vida “artística”. Chiquitita al lado de la de ellas. Fue hace unos años ya, y desde entonces, me quede con ganas de mas, y acá estoy, satisfecho por haberme sacado de encima tantas ganas.

Nudo

Como ellas son especiales, la invitación era para un día especial:  Viernes 10 de diciembre, fecha en la cual cerrábamos el ciclo de presentaciones 2010 en el Hogar Kaupé. Tan especial era todo, que ellas prepararon un repertorio de historias y melodías elegidas exclusivamente para esa ocasión.  El Hogar también estaba como nunca ese día. Uno lo percibía de solo ver los afiches anunciando la presentación del espectáculo, las sillas en hilera preparadas para que todos se sienten a disfrutar de todo aquello que se anunciaba que iba a ocurrir. Se respiraba en el aire un clima de expectativa antes del comienzo, y también un rico olor que salía desde la cocina, preanunciando que el “después” del espectáculo tendría un menú sabroso de pizzetas, con brindis incluido, donde todos nos sentaríamos a lo largo de la mesa, a degustar, disfrutar, y compartir. Los coordinadores que allí trabajan también lo harían, la directora del Hogar, Claudia, Verónica, los Porfiados Fernando, Juan, yo, y las protagonistas de esta historia: Las “chicas” del Kaupé.

Foto: Fernando Paván

El momento tan esperado llego, y los primeros relatos también, de la mano de “Sebastian”, un  muñeco de plástico que fue, es, y será, con diferentes nombres y características en cada uno de nosotros, el primer amor. A pesar de ser tan solo un muñeco, creeremos que Sebastian siente, y hace sentir. Que toca y se deja tocar, y que puede tejer entre el, y la inagotable fantasía de Claudia y su infancia, un metejón de esos que uno no se pregunta si se pueden contar, sino que uno cuenta sin poder contenerse. Se salen de la boca esas historias, se cuentan solas, o eso parece, porque en realidad, y e aquí la cuestión, se salen de la boca cuando uno las cuenta como las cuenta Claudia, que todo lo que cuenta parecería  impensable de no contarse, por el solo hecho de cómo lo cuenta.

Inmediatamente Verónica reclama con una canción maravillosa “devuélveme mis besos”. Yo la acompaño en la guitarra con pulso nervioso, el cual disfruto, porque quiere decir que lo que estoy haciendo me emociona, o me colapsa, y en ambos casos, es un síntoma para celebrar la intensidad de las cosas. Ya mas tranquilo y sobrio, nos adentramos inmediatamente en otra canción, “20 años”,  “si las cosas que uno quiere, se pudieran alcanzar, tú me quisieras lo mismo que 20 años atrás”. ¿Cómo no sentir un poco de vértigo al escuchar esta frase en una canción tan bella como 20 años, después de una historia tan cruelmente tierna como el desamor de Claudia, y su muñeco Sebastian? ¿Cómo?

Todas las chicas del Kaupé desearan que un día se las lleve el viento de forma inesperada al salir a comprar harina una tarde gris de lluvia para amasar tortas fritas. Desearan eso profundamente, porque ese viento, según Claudia, nos llevara por el cielo al encuentro con otro viento que traerá en su ruidosa travesía,  al vecino de enfrente, y nos pondrá frente a él, de forma escandalosamente óptima para el romance. Será un encuentro íntimo, sutil, pero apasionado como el viento cuando sopla y sopla. Claro que para desearlo tanto habrá que tomar una precaución: Observar detenidamente si el vecino de enfrente esta bueno, no sea cosa que tanta belleza de encuentro sea finalmente un despropósito. Las risas estallan, pero no como siempre. Nos estamos riendo en el medio de una historia, y si las canciones cobran un vuelo impensado cuando una historia las contextualiza en tiempo y forma, imaginen la risa, que bien que se ríe, cuando Claudia les da un marco inesperado, y las hace sonar diferentes. Llenas del encanto y la ternura desnuda que tienen las miradas de las chicas del Kaupé, que la escuchan eclipsadas, y que se quedaron atrapadas en una historia de amor de mate a la tarde, con lluvia, y sin harina para amasar torta frita.

Llegara lo mejor, o lo que para mi, es lo mejor. El cuento que aprendí a contar de tanto escuchárselo a Claudia. Tengo memorizadas sus palabras, sus gestos, pero no alcanza. No hay figuras de tiempo, notación, ni partitura posible para poder plasmar el ritmo con el que Claudia nos cuenta la historia de Archivaldo Postman. Todos sabemos decir Te amo, pero siempre hay un momento para hacerlo, y ese momento, cuando llega se nos pasa, y lo decimos igual, y lo bueno del amor, (o eso creo yo) es que cuando es correspondido, es, justamente correspondido aunque uno diga Te amo en la puerta del ANSES. Ahora, que bien que queda decirlo cuando es el momento, que quizás es a destiempo, fuera de lugar, en el momento menos pensado. Pues ahí ira Claudia a decir todo lo que hay que decir: donde se debe decir. Madre Santa, que buena historia, ¿quieren escucharla? Entonces no se pierdan nunca más, la próxima presentación de “Quisiera Amarte menos”.

Foto: Fernando Paván

Desenlace

Los aplausos serán como son los aplausos después de un cuento, porque no solo las canciones y las risas sonaran distintas ese día. También los aplausos. Serán aplausos de cuento. Las dimensiones de la realidad están trastocadas. Si nos hemos creído que el muñeco Sebastian siente amor, y además traiciona a su amada, o que el vecino de enfrente vendrá en una ola de viento para besarnos, ¿Cómo no imaginar que ese día los aplausos hablaban y decían miles de cosas? Contaban historias, las historias de cada uno de los que escuchamos a Claudia, a Verónica, y a mi modesta guitarra, que las acompañó, admirado.

Claudia hablara sobre ello luego, cuando le preguntamos que tal le resulto la experiencia. Nos dirá sobre lo interesante que sería escucharlas contar esas historias, las historias de las chicas del Kaupé. Nos dirá que ella no encuentra diferencias entre ir a un teatro o el Hogar. Verónica coincidirá en ese punto. Nuestras preguntas acerca de si no sería bueno ampliar el circuito cultural para que los artistas y bla bla bla vengan a estos ámbitos de forma tan frecuente como a los teatros o bares o centros culturales etc., serán desarticuladas y reformuladas.

Claudia y Verónica nos dirán que no, o que si, pero claro, a ellas, esta pregunta les parecerá mejor responder hablando infinitamente del tema, porque ellas van a estos lugares, y lo hacen desde hace mucho, y lo hacen con la misma entrega y la misma pasión que cuando van a cualquier ámbito. Mi discurso Porfiado se desarma y se rearma. Ellas describen, y yo reescribo lo que pienso, me enriquezco, me fortalece lo que dicen, no se como expresárselo, no se como abrazarlas para que sientan el Gracias que tengo adentro mío, de que hayan aceptado esta invitación como lo hicieron. Nos despedimos en una escalera del viaducto Carranza que nos dividía el retorno a nuestros hogares, así, casi sin gloria, como si nos fuéramos a ver mañana, y como si nos viéramos todos los días para hacer esto. Y no es así. Hubiera deseado fuegos artificiales, pero pronto vuelvo a la calma, porque Archivaldo Postman, el protagonista de, quizás el cuento mas lindo que escuche en mi vida, había tomado nota de este momento antes que nosotros, y nos había dedicado una de sus incontables geniales ideas para sortear ese momento, con otro momento lleno de gloria, digno de contar, y recordar, y jamás olvidar.

El hombre del correo: Archivaldo Postman

Al finalizar el espectáculo, cada una de las chicas del Kaupé, recibió una carta. Cada una de ellas fue sacada desde el interior de un pequeño bolso de cuero, como si fuera el de un cartero. Cada carta, como corresponde, se encontraba en el interior de un sobre. Cada uno sobre tenia un nombre bien grande. Estaba escrito con el intenso pulso de una Porfiada de sangre, que se llama Elizabet Taylor, ni más ni menos. Elizabet no pudo ir a sacar fotos ese día, pero le dio la cámara a Fernando que si lo hizo, y vaya si lo hizo: gatillo excelentemente bien cada bala, haciendo un retrato perfecto de esa tarde soleada. Ely, además de la cámara, nos dio los sobres, con esos nombres escritos, que al leerlos, sonaban fuerte, como si el pulso de quien lo escribía, los estuviera diciendo como se dice un nombre: Fuerte, claro, con personalidad.

En esos sobres había un soneto, para cada una de las chicas del Kaupé. Cada sobre fue entregado por Claudia, que acompañaba la entrega con sus inmensos ojos, que te traspasan el alma cuando te miran de la manera que mira Claudia después de haberte contado un cuento. Da escalofríos de felicidad esa mirada. Juan, socio y compañero en este hermosísimo ciclo de espectáculos, eslabón insustituible, indispensable en todo esto, leyó el soneto, emocionadamente. El soneto era algo sufrido, habla de que para estar bien hay que saber estar mal, pero ya no importaba mucho eso. Lo importante era compartirlo de la manera emocionada que lo hizo Juan. Y así fue que nos emocionamos todos, nos dijimos gracias, y descubrimos que al final, Claudia y Verónica, no solo nos dejaron todo los embrujos y fantasías impensadas que vinieron a dar, sino que también se llevaron algo. Algo que no encuentro desde que ese día no volví a verlas. Por ningún lado, en ningún rincón, ni siquiera en mi guitarra. No lo encuentro, porque se trata de una duda que tenia, y que tenia y ya no tengo, porque me a cambio me han instalado la certeza de que no hay historias que no merezcan ser contadas, ni canciones que no deban ser cantadas. 

Tomate



Las cartas contuvieron este soneto:

Si para recobrar lo recobrado
debí perder lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.



Foto: Fernando Paván


miércoles, 1 de diciembre de 2010

Demoliendo Tangos en el Sanmar Abuelos





Foto: Elizabeth Taylor

Jueves 25/11/2010… Una tarde con un sol penetrante, calurosa y con mucha expectativa. En la puerta del Hogar de ancianos San Martín se pueden ver dos personas ansiosas y enérgicas, a quienes se les acerca Marcos recibiéndolos con un fuerte abrazo y una sonrisa imborrable en la cara, DT y Magic Fer conversan con él, hasta que se ve llegar la camioneta del Gerente, trayendo con él a Liz Taylor, Vero, Tomate… Y su sonido.

Foto: Elizabeth Taylor

Entramos al lugar después de registrarnos, caminamos por una larga pero agradable galería, llena de sol y sillones; donde se encontraban a muchos abuelos leyendo, escuchando radio, o solo apreciando la tarde.

Foto: Elizabeth Taylor

Finalmente llegamos a la sala Joaquín V. Gonzáles donde el equipo de Marcos ya había empezado a ponerle color a la tarde, y se escuchaban unos folklores cantados a coro por el gran grupo de espectadores.

Foto: Elizabeth Taylor

Descargamos el sonido, nos presentaron a todos, vero recibió algunos piropos, y nos quedamos escuchando algo de música de nuestras diferentes provincias, mientras entre tema y tema se podía apreciar alguna pequeña historia o algunas palabras de algún residente que necesita ser escuchado, en medio de la fiesta folklorera llega Maite y es presentada ante todos. Luego del show de títeres y viendo que nuestros músicos estaban embotellados en el tráfico, el gran Tomate tomo la batuta y nos puso a tono a todos para lo que sería una tarde tanguera con: “Naranjo en Flor”.

Cuando en el silencio lo único que se oía eran algunos rasgueos y las frases: “Después...¿qué importa el después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado” Interpretadas por Tomate (por el alma de Tomate, por como lo canta…) Llegan a la escena nuestros músicos, con una sonrisa dibujada en la cara y aplauden la interpretación de nuestro querido artista, junto con los abuelos del lugar que quedan encantados de empezar la tarde tanguera de la mano de Tomate.

Foto: Elizabeth Taylor

Ya listos para zarpar, todo conectado y todos en posición… arranca Demoliendo Tangos, con una energía inigualable, mucha felicidad y humor; interactuando con el público, contando anécdotas divertidísimas e interpretando unos temas increíbles. Al rato de haber empezado se produjo algo raro, durante los temas, cada una de las personas que estaba en la sala (incluyendo a los Xfiados) se iba de viaje a algún lugar que solo él (o ella) sabía; se veían miradas perdidas a lo lejos, o clavadas en los músicos pero sin prestarles atención a ellos, sino dejándose llevar por esa sensación que provocaba la música; perdidos en la personalidad de ese piano, la presencia y cuerpo de ese bandoneón, y, el susurro y llanto de ese violín. Cada uno en su mundo, algunos moviendo las manos al compás del tango, otros empapados en llantos emotivos por lo que transmitían esos 3 instrumentos; Creando climas de nostalgia, pero alegres en los abuelos, recordando quien sabe que, llevándolos a la época donde los problemas que ahora viven eran impensables, dándoles esos 5 minutos de viaje libre e ilimitado en su cabeza, en ese mundo que nadie les podía sacar, donde ninguna realidad vale. Haciéndonos volver, luego de algunas interpretaciones, con alguna anécdota muy humorística, la cual nos hacía aterrizar suavemente y robándonos risas a todos.

Demoliendo Tangos, demolió, junto con Xfiados, la rutina del hogar de ancianos San Martin esa tarde, dejando a todos con un sabor dulce en el alma, con ganas de mucho mas, y poniendo en evidencia, que esto no es caridad, no es un grupo de personas que quieren hacer la acción del día para ir a dormir tranquilos, sino que somos algunas personas que porfían de cómo son muchas cosas, y acompañados por artistas impecables, disfrutan de hacer lo que quieren, dejando algo de color en las almas, y quien sabe si mucho más.

Foto: Elizabeth Taylor

lunes, 29 de noviembre de 2010

Gracias Colombia - Recital de La Delio Valdez en la Unidad 20 del Hospital Borda


El Borda, Hospital Pisquiátrico “José T. Borda”, era un viejo conocido mío. Alguna vez pasé por la puerta, de adolescente, y sentí un golpe de espanto consumado e infinito, que me atraía con firmeza cerrada. Años después internaron allí a mi primo, que hasta entonces vivía conmigo, y yo fui a visitarlo cada semana. En esa época el Borda se me hizo familiar, lo que pasados diez años descubrí que seguía intacto, cuando participé de El Bancadero, una peña de tango y folklore que inventó Alfredo Moffat. Un grupo de estudiantes de psicología y otros voluntarios plantábamos en algún lugar del vasto parque un enclave de la Argentina más cotidiana, lo que atraía a una muchedumbre de internados. Moffat estaba seguro de que los pacientes no eran irrecuperables, sino que se los hacía irrecuperables al tratárselos como tales, y tenía la idea de que entrar en contacto con objetos muy cargados de sentido social (la bandera argentina, el tango, pastelitos, un boliche, una kermesse, la zamba) sacaría a muchos internos del estado catatónico al devolverles la red que una vez los contuvo.
Quizás Moffat había resulto algo, o quizás no, pero hizo algo. Yo tenía algo que resolver con la locura. Y aquí estaba nuevamente, Hospital Borda, miércoles 24 de noviembre de 2010, con 48 años, encarando el asunto con los X fiAdos, el suculento grupo que se armó para llevar músicos a tocar para gente que está en problemas.
Los internos del Borda no están encerrados, pero sí los que están en la Unidad Penal 20, enclavada dentro del hospital. Para ellos organizábamos el recital. Mientras esperábamos para entrar, la puerta de la unidad se abrió y tres guardias fornidos y armados con grandes armas negras sacaron a un muchacho. Lo llevaban con las manos atrás, unidas con unas esposas. Por algún motivo me quedé fijo en el metal de las esposas. Tenía atrapadas las muñecas con determinación tan atroz la de una mente que no entra en casilla atrapa a una persona.

Los X fiAdos llegamos antes que la banda, la Delio Valdez. Querían ir todos los X fiAdos, pero por seguridad el cupo era restringido y sólo entramos Juan, Liz Taylor, Tomate, Lucas y yo. Luego de ver al de las esposas, los guardias del Servicio Penitenciario nos requisaron acabadamente. Para casi todos era la primera vez que pasábamos por la experiencia de entrar en una cárcel; la requisa nos regaló la conciencia rotunda de dónde estábamos.
Desde un rato antes, con una amabilidad que nos hacía sentir mejores personas que las que somos, nos estaban recibiendo Fernando Levaggi, Mariana y otros profesionales del área de Educación de la Unidad 20. Gente que está cada día en el ojo del huracán que en una semana le volaría la cabeza a Michel Foucault.
Entramos finalmente al patio donde se haría el recital, un rectángulo de 40 por 15 metros, con construcciones de una planta en los extremos, otra de dos pisos en uno de los lados y un muro de tres metros en el otro. Había un sector de pasto y bancos bajo un techo que cubría la franja central del patio todo a lo largo. El resto del cielo estaba cubierto por alambre tejido de rombos. Al patio daban la Escuela Especial para Adultos Unidad 20 “Dr. Lucio Meléndez” y una capilla. Estaba dignamente mantenido. En una pared había una virgen, en el extremo que daba a la escuela se exhibía una tela que algunos internos habían pintado con un grupo de Cáritas, la organización benefactora de la Iglesia Católica. Era una especie de mural, aunque más era una bandera en la que estallaban en estridentes colores primarios dibujos, muchos nombres y más que nombres, estampas de palmas de los dedos bien abiertos. Dominando el conjunto estaba la palabra LIBERACION. Voy a soñar con esa palabra, pensé, y con las esposas. Desde el interior del patio se veía, sobre el muro, la parte superior de las copas de los árboles y una parte de un tanque de agua. El tanque estaría siempre igual, pero las copas debían cambiar a lo largo del año. Una de las copas era la nube lila en que se convierte un jacarandá durante los últimos dos meses de la primavera; será verde como los demás en enero.
Mariana nos informó sobre los internos. Algunos pasaban poco tiempo, otros estaban desde hace años. Algunos eran liberados y volvían poco después, “ni siquiera porque hagan cosas graves, más bien porque ya están en la vía”. La mayoría no tenía dónde ir cuando salía. Muchos la pasaban mejor en la Unidad. Algunos iban a los paradores nocturnos. En la Unidad 20 estaban divididos en tres sectores. Mariana tenía a cargo la iniciación de los analfabetos, mientras la mayoría estaba en el nivel de educación primaria. Mariana nos señaló a los que estaban en el taller de música y nos contó que también hay talleres de gimnasia (allí el profesor era Juanjo, a quien conocimos en la visita preparatoria al recital) y de fotografía, cuyos asistentes eran los dos que andaban con cámaras.
Los del taller de fotografía se mezclaban con los pocos que aguardaban en el patio, con ciertas ansias, el recital. Fernando Levaggi nos contó que unas semanas atrás Lito Cruz había ofrecido un espectáculo de tango. Entre los que estaban, uno tenía la camiseta de Boca, otro la de River, otro la de Argentina. Muy pocos estaban en aquel estado semicatatónico que motivó a El Bancadero. Se le ordenó a alguien acomodar las sillas para el recital y la tarea fue concluida diligentemente. Nosotros no hablábamos con los internos. Yo no quería observarlos como monos; habría sido indecente aprovecharme de que estaban encerrados para mirarlos, o cobrarles en moneda de intrusión el haber llevado música. Sin embargo, me costaba mucho refrenar mi inquietud por captar qué era lo característico en ellos. Mi mente me decía que debía haber algo y me ordenaba descubrir qué era. Estaban muy claros los devastadores síntomas de los medicamentos y estaba el detalle trágico de que no usaban cinturones, pero yo buscaba una clave, la explicación maestra a por qué una persona está catalogada como loca. La necesitaba.
Cuando apareció un grupo por la puerta de salida al patio escuché que alguien dijo “llegaron los músicos” y otro que contradijo “no, son los internos del otro sector, que terminaron la clase”. Yo, que no conocía a los muchachos de la banda, ya estaba presentándome con uno y agradeciéndole por haber venido, y los dos comentarios me refrenaron. Seguí saludando uno por uno con entrega de anfitrión entusiasta, aunque intentaba con mayor concentración discernir si el tipo al que estrechaba la mano era de afuera o de adentro. La verdad es que habían entrado mezclados y la única manera de distinguirlos fue percibir quiénes me saludaban naturalmente y quiénes hacían una pausa para mirarme algo fijamente para averiguar si yo era, bien un loco efusivo que se creía el Jefe de Protocolo del Borda, bien un fulano de la organización que los convocó.
Casi al mismo tiempo entraron las personas de Cáritas que iban cada semana y rápidamente se mezclaron con los internos, quienes los saludaron con confianza, muchos con alegría; se demoraban charlando con uno u otro, saludaban de lejos a un grupito de tres muchachos cubiertos de tatuajes, se sentaban junto a uno que tomaba mate. Al rato me acerqué al grupo de Cáritas, les dejé una tarjeta y entendí que en otra oportunidad seguramente podríamos hablar. El tema de la caridad, sus formas y sus motivaciones, es tema de debate entre los X fiAdos; en esta oportunidad alguien observó “están acá”, con énfasis en “están”, y todos estuvimos de acuerdo. Además, estaba en la bandera que los de Cáritas habían propiciado la palabra LIBERACIÓN, que podía ser sólo una propuesta religiosa, pero es una palabra que fácilmente se sale de cauce para llenarse de sentidos movilizadores, convocantes y, como dice mi amigo el cura Hugo Mujica, originarios.
Finalmente el patio se había nutrido de mucha gente, unas 70 u 80 personas. Habían llegado más guardias (algunos andaban de a pares, lentamente, por el techo mostrando armas que debían pesar kilos) y había salido todo el personal de la escuela. Todos observamos a La Delio Valdez ultimando los detalles para el concierto. Es una banda de chicos muy jóvenes. Formaba con dos trompetas (una de Santiago Aragón, la otra de Pablo Vázquez Reyna), Manuel Cibrián en guitarra y voz, León Podolski en bajo, Milton Rodríguez en trombón, Santiago Moldovan en clarinete, José Luis Lazo en bongó, Tomás Arístide en congas, Pedro Rodríguez en timbaletas y campanas y Guillermo Pérez Vachini en güiro y maracas.

Mientras ajustaban los instrumentos y el sonido, me asaltó la idea de que distinguía a muchos de los internos algún desencaje. Pensé que tenían la boca, el andar o la expresión, notable o imperceptiblemente, desencajada. La mandíbula, la manera de bailar, la expresión. Interrumpió estas cavilaciones un golpe de música que electrizó el aire.
Cuando empezó a sonar, a resonar, a llenar el espacio del patio y de la realidad una rotunda cumbia colombiana, un interno invitó a bailar a Liz Taylor instantáneamente —bueno, quizás estuviera esperando el momento. En otro lugar se largó a bailar solo el muchacho de la camiseta de Argentina. Bailaba soberbiamente, haciendo un paso que a la vez era muy familiar e indescifrable, en el mismo altísimo nivel de la banda. Más allá vi que Mariana había travesado el patio, se había metido entre el público sentado en las sillas y tomado de la mano a un muchacho gigantesco, con unos pequeños ojos y un aspecto general de criatura Pókemon. Lo llevó hasta donde bailaban los demás y el muchacho bailó. Más tarde observé cómo miraba a Mariana: sonriéndole con una sonrisa de una inocencia que resultaba algo parecido a un tormento (“le gusta bailar, me explicó Mariana, y si no lo llevo, no va”). ¿Cómo había llegado ese muchacho a la Unidad 20?
En tanto, La Delio Valdez sonaba como el estampido de una batalla en el Reino Mítico de Alegría. Cada acorde, cada melodía que hacían los vientos, cada staccato de las campanas, el trote perfecto del bajo, el ritmo suelto de la guitarra, el diálogo entre congas y bongó, el conjunto arreglado con precisión y creatividad fascinantes, sacudían las moléculas del aire, de los colores de la Virgen de la pared, de las miradas de los internos, los maestros, los guardias, los X fiAdos, de las rejas de las ventanas, de la tela que sostenía LIBERACIÓN, dentro de la caja de mi cuerpo, de mis pensamientos, como debía sucederle a los demás. No resonaba sólo por el volumen, sino sobre todo por la calidad. Los muchachos de La Delio Valdez no fueron a dar algo que les sobraba, un producto sin alma, sino que pusieron lo mejor que tenían. X fiAdos entiende que entre las cosas que una persona puede hacer con su producción más plena, la música en este caso, quizás la más sublime sea mezclarlas con la necesidad que tienen otros de esa producción. Entre lo que yo hago y lo que otro hace con lo que yo hago, se genera una obra singular. Fernando Levaggi explicaría que el concierto le daría a los internos algo diferente a la rutina que los apresa; “se van a ir a dormir con otra cosa”. Esa otra cosa no sólo habría sido el retumbar de las cumbias, sino el viento que salió del alma de los músicos. Y si ellos no tuvieron mérito sobre ese viento, porque ese viento es Dios, o lo que sea, sí fueron responsables por estar allí y por tocar con la calidad suprema con que lo hicieron.
Yo no podía salir de mi asombro ante la sublime impecabilidad de la ejecución de La Delio Valdez. Me preguntaba de dónde salían esos músicos, cómo era posible que chicos tan chicos tocaran con la sabiduría técnica que mi cabeza sólo concebía en músicos con muchos años de escenarios y salas de ensayo. Tocaban la cumbia como sólo pensé que podían tocarla los colombianos nacidos en Cartagena, Santa Marta, Rioacha, Valledupar; hijos, nietos, biznietos de los cumbiancheros genéticos de Magdalena y Barranquilla. Estos chicos, me dijo alguien, podrían estar haciendo este mismo recital en un festival de música latina en París o en un festival de la cumbia en Bogotá.

Ahora todos están bailando. Algunos internos bailan con las chicas de Cáritas, otros solos, o con Liz Taylor, en un momento hacen una ronda, un trencito, algunos bailan entre ellos. Uno baila con una de esas sonrisas imborrables, la del gol de tu equipo, la del papá con el hijo; sonríe, mueve las manos hacia arriba en el aire, hacia el sol, y mira el sol. Baila con el sol. Siento un agradecimiento muy grande a la banda y a los colombianos, porque inventaron esta música, quisiera tener aquí a mis amigos colombianos, a Conchi, a Chicho, a Fernanda, abrazarlos y pedirles que miren cómo su música hace dichosos a unos desgraciados, doblemente confinados por locos pobres y por delincuentes pobres. Veo que algunos se abrazan como si entendieran lo que siento. Se abrazan, se quieren en este momento, en cualquier sentido, qué importa. El chico de las timbaletas, de chivita y colita en lo alto de la cabeza, algo extravagante, hermoso, dice “gracias por recibirnos”. Lo miro y sé que siente lo que yo siento con los colombianos. Y el gran bailarín de la camiseta de Argentina no puede parar. En un momento nos contó por qué está allí, nos dijo que San La Muerte le mantiene dentro del estómago el dedo tatuado de un niño. Pero ahora está bailando con la soltura y la belleza de las llamas de un fuego. Lo observo y descubro al fin qué ritmo es el que baila: una combinación muy elaborada de cumbia y murga de Buenos Aires. Ha inventado un paso perfectamente argentino, mucho más genuino de estos días que el gato, el cielito o el tango. Lo ha inventado con los retazos que la da la realidad y con su entrega.
Es la misma entrega del que baila mirando al sol y la misma entrega de los chicos de La Delio Valdez, y de Liz Taylor y las chicas de Cáritas y de todos los internos que bailan: una entrega total. Se funde bailando, con el piso, con el aire, con todos, porque entrega su cuerpo a la música. Es la pura entrega. En eso no hay diferencia entre los de afuera y los de adentro.

Gustavo Ng

Foto: Elizabeth Taylor

Los X fiAdos agradecen también a Francisco Lichinchi, representante de La Delio Valdez, su gestión para que el recital fuera posible.


Usté coge sillón y pónselo a la burrita,
ponselo a la burrita, pónselo a la burrita.

Usté coge el machete y me pego en su vainita,
me pego en su vainita, me pego en su vainita.

Ve usté que va a llover y el camino es culebrero,
el camino es culebrero, el camino es culebrero.

Pero como me voy yo me pongo mi sobrero,
me pongo mi sombrero, me pongo mi sombrero.

Bueno pues, llegó el momento de la sabrosura.

Foto: Elizabeth Taylor

Foto: Elizabeth Taylor





domingo, 28 de noviembre de 2010

Mañana de domingo, Radio Ska en el Sanmar


Luego de montones de llamadas, reuniones, gestiones, ilusiones y planes hechos y desechos una y otra vez, llego el gran día en que empezamos a realmente vivir el momento tan esperado: Llevar a Radio Ska al San Mar.

El domingo 21 de Noviembre del 2010, el gran día, comenzaría a las 8:30 hablando con José, el chofer del San Mar, que desde hace 20 años aproximadamente, maneja una Traffic llevando los pibes a Tribunales a realizar todo tipo de trámites judiciales. José pertenece al personal del servicio penitenciario, pero también, pertenece a ese gran club de personas interminablemente agradables y solidarias que luego conoceríamos en el San mar. Lo comprobaríamos en su mirada, sus comentarios, su calidez. Estrecharíamos rápidamente conversaciones cercanas acerca de nuestras vidas. Será agradable descubrir que a lo largo del día, no habrá persona con la que no nos pase lo mismo en el San Mar. Cargamos los equipos y arrancamos 9 y diez.

Estamos llegando. "Natalia, prefiero mi locura antes que tu falso amor" reza un grafitti pintado en la pared del San Mar. Nos descomponemos de la risa. Lo bien que nos hace. Minutos antes José nos las había borrado sin ánimo de hacerlo, al responder nuestras preguntas. José nos cuenta que entre la población del San Mar suele haber chicos a los que por ejemplo un cabo le metió 8 balas, y no murió. Y vivió, y fue derivado al San Mar, que lo recibió con los brazos abiertos. Todos teníamos en ese momento 8 balas en el cuerpo. No había risas, sino una humedad en los ojos, y algo que dolía por dentro. Tenés que tener ganas de ponerle 8 balas a un pibe. "Anoche fue internado uno que hoy no va a estar" dice José, y explica que es porque recibió una bala en la cabeza, que a pesar de que se la sacaron, tuvieron que abrirlo de nuevo, porque no soportaba el dolor de cabeza. Algo no había quedado bien ahí adentro, y tuvo que ser intervenido nuevamente. Pensé si Radio Ska no lograría sacarle ese ruido con la música.

Foto: Elizabeth Taylor

 Entramos al San Mar, al descender José nos dice "me encanta el humor que tienen". A nosotros también nos encanta el humor de Josef. Seguirá transportar las cosas hasta el lugar de los hechos. Seguirán los chistes. Seguirá conocer personas que trabajan en la institución. Encontrarnos con Paula la vicedirectora, que nos llevara a recorrer el San Mar por expreso pedido nuestro. Ella encantada accederá, y lo hará con gusto. Caminaremos, hablaremos. Eli sacara fotos en zonas lugares y cosas. Juan hará preguntas una y otra vez, y cada vez mas profundas. Yo, el tercero de los Xfiados presentes, también haré y me haré preguntas. Todo será casi cinematográfico. El San Mar tiene una escuela, enfermería, odontólogo, un playón para hacer deportes, paredes intervenidas con murales a lo largo y a lo ancho de toda la institución. Un gran comedor. Tiene muchas cosas que no recuerdo ahora, pero que están en optimo estado. Que te alegran el recorrido. Nadie usa armas, a pesar de que deberían o podrían. El lugar es limpio, es lindo. Pronto va a haber una pileta de natación. Todos son como José. No miento. Todos son como José. O sea. Nadie que trabaje allí permitiría que un pibe la pase mal. Todos aman este trabajo. Eso sentimos. Eso nos hacen sentir. Terminamos la recorrida. Vamos al chino de a la vuelta, compramos una coca. Estamos impactados. Estamos tranquilos. Todo el sonido esta armado y en su lugar. Quedamos en la puerta, y empieza la llegada de Radio Ska. Ahora todo es cinematográfico, pero con música de fondo. Hay abrazos, festejos, chistes, muchas risas y mucha alegría. Entramos todos, y todos estamos ahí, listos para entrar en escena. Juan en consola, yo acomodando músicos, Eli repartiendo balas con la cámara. Radio Ska probando los instrumentos. Mandan a llamar a los chicos que están en las habitaciones, o porque no recibieron visitas, o porque prefirieron quedarse con las visitas en su pieza. El resto esta ahí abajo donde estamos nosotros, con sus familias. Hay Padres, Madres, hermanos, hermanitos. Están también algunos familiares de las maravillosas personas que trabajan en el San mar, porque el San Mar es así, un refugio, un lugar de encuentro para todos, y quienes trabajan allí, lo saben, lo sienten así, y por eso sus familias también comparten algún tiempo con ellos en la institución. Se ubican tres hileras de bancos, se arma la ceremonia del espectáculo, que es lo que más le gusta a Xfiados, armar la ceremonia del espectáculo donde generalmente no hay espectáculos. Todos están en sus plateas, y comienza la función.

Foto: Elizabeth Taylor

Radio Ska toca Ska. Nadie o casi nadie en el San Mar escucho ska en su vida. Muchos probablemente nunca vuelvan a hacerlo. Otros muchos nunca vieron un saxo, y ese día, hay tres, de diferentes tamaños, con diferentes registros sonoros. Hay también algo extravagante, único: Un contrabajo. Es gigante. Que buen instrumento. Hay percusión. Hay una trompeta, y hay, como siempre, una guitarra, una batería, un teclado. Los Radio Ska no tienen cantante, eso hace mas agónico el contacto. La vice los presento de forma adecuada, atinada, clara, pero no alcanzo. Nadie decodifica en palabras muchas cosas que pareciera que necesitan ser explicadas, mucho mas si nadie antes escucho Ska y esos instrumentos. Nos vamos dando cuenta de eso de a poco. Los pibes desde el primer tema mueven los pies, el cuerpo, sonríen, a veces baten palmas, pero algo los desconcierta un poco, y eso se celebra, porque la vice dice que le parece bien que escuchen algo distinto. Decido hablar, con el aval de mis hermanos xfiados, a raíz de que un pibe pregunta “como se baila el ska”. Agarro el micrófono, comparto la pregunta con todos, y la respondo, "no se". Y explico que nadie sabe como se baila ska. Cada uno lo hace como quiere. Con el hombro, con los pies, con el corazón, con la cabeza. Y que inclusive no hace falta bailarlo. Que quizás con escuchar y mirar estos instrumentos y ver como suenan por ahí esta bueno también. Que cada uno haga lo que se le cante, digamos. Todos queremos que los pibes bailen y sea una fiesta, pero ellos siguen ahí, atornillados a los bancos, y es bueno saber, que cuando eso pasa, no quiere decir que no la estén pasando bárbaro. Alguien vino a verlos, a tocar para ellos, a darles algo que se cocino en otro lugar, y se entrega caliente y rico con una sonrisa en el alma. Y eso los mantiene atornillados, y bailar es un tema menor. Que importa si se baila o no se baila cuando te dan algo que te impide irte porque esta bueno recibirlo. Radio Ska lo sabe, y continua tocando y desplegando todo su arte.

Eli saca fotos. Es un capítulo aparte. Es un show aparte. La escena que describo a continuación se repetirá desde el principio hasta el final mas de 50 veces sin mentir: 1) Ellos la llaman, demandan su atención. 2) Se ponen para la foto. Abrazan a un compañero, sonríen, eligen una pose que quede eternizada en una foto. 3) Eli les saca la foto, y media milésima de segundo después de haber gatillado los pibes le piden que les muestre como salió. 4) La foto se vuelve a repetir. Sienten mucho placer al verse, al ser vistos, al mirarse, al mirar, al ser mirados. Reconocerse en otros, ante la mirada de un alguien que les devuelve una sonrisa, comprobando que son sujetos deseados, queridos, amados. Mirados por Eli y el lente de su cámara que no para de mirarlos.

Foto: Elizabeth Taylor

Estamos a tres cuarto de recital. Comenzó a las 11:10, va a terminar a las 12:10. A las 11:50, tomo el micrófono nuevamente y comienzo a presentar los músicos, y sus instrumentos. Nos detenemos en cada instrumento, cada músico explica cómo funciona, que hace, porque, para que, y luego de hacerlo, ese instrumento interpreta a solas una melodía. Es maravilloso, pedagógico, instructivo. Esclarece muchas cosas, pero también es una oportunidad para conectar. El trompeta hace sonar la cumbia "mi pollera amarilla" y la tribuna se pone de fiesta. Es obvio que aman la cumbia, y agradecidos están que aparezca algo de eso. Otro saxo hace sonar la pantera rosa, y desata aplausos también, suena "Oh Susana" en el saxo de María Laura. Suena la bata, el contrabajo, el teclado con sonidos extravagantes, suena la guitarra. El percusionista toca todos sus tambores y explica cómo suena cada uno paso por paso. Explica también como suenan los instrumentos de percusión que en temas anteriores decidimos repartir entre los chicos, y que ansiosos levantaban la mano para que les demos uno cuando comenzamos a repartirlos. Fue maravilloso ese momento. Ellos también querían tocar, ver como sonaban. Al porfiado de Juan se le encendió algo en los ojos y dijo "tenemos que tener un baúl lleno de instrumentos de percusión para repartir en medio de los shows". Se inscribe en la lista de objetivos xfiados.

La explicación de cómo son los instrumentos a cargo de cada uno de los músicos es un éxito. Los pibes terminan de aprobar la actividad como algo que estuvo buenísimo. Después de eso se animan a hablar mucho más. Termina el show, la desconcentración es alegre, ordenada, relajada, todos estamos contentos. Los pibes se acercan, le tocan los instrumentos a los Radio Ska, los agitan un poco, pero con onda, porque se ve que una manera de acercarse es esa, el agite, el agite, pero que rápidamente se transforma en ternura. Todos quedan hablando con un subgrupo de chicos a su alrededor. Yo quedo con un par a los que pretendo decirles que si haces música te quedas así, como inspirado, y que no te hace falta nada para estar inspirado si haces música, solo eso, música. No me creen, pero les instalo la sospecha de que puede llegar a ser así, porque de hecho, es así. Los radio ska piden conocer la institución. La recorren, emocionados vuelven, están re contentos, no podemos ni hablar, estamos extasiados de San Mar. No podemos ni hablar. Pero rápidamente todos se recomponen, la realidad manda, hay que irse, hay que cargar cosas, hay que volver. Si, hay que volver al San Mar, lo pide Radio Ska, lo piden los pibes, lo pide la vice, lo pide Xfiados.

Terminamos todo, dejamos dos Radio Ska en San Telmo, y Eli baja también. Juan, José, y yo, volvemos a casa, guardamos las cosas, nos prometemos volver a pronto. Todos reflexionaremos al respecto de la experiencia. Juan dirá que avanzamos con toda la fuerza hacia la responsabilidad de sanar de alguna forma, y de hacer el intento de rescatar a aquel que está atrapado en la prisión de la culpa. Dirá que tenemos la necesidad de llegar ahí y de bailar, de reírnos con ellos de nosotros mismos, de compartir todo lo que produce la música junto a ellos, para en fin gritar con la voz más fuerte en un silencio ensordecedor: ¡La culpa es de todos! No de ustedes solos. Juan dirá que ese es el trabajo con más vacantes disponibles. "Son Pibes", insistirá, ríen como pibes, juegan como pibes, se tocan como pibes, se molestan como pibes; como vos, como yo, como ella, como aquel, como los que se escucha jugar en la calle. José lo sabe mejor que nadie, como también lo sabe Paula. Y como todos los que conocimos ahí. También lo sabe Radio Ska. Los pibes aprenden, porque eso son: pibes, y el que no lo sabe, el que no lo aprende, el que no comprende que son pibes, es uno de esos que ha sumado una vacante mas en este trabajo interminable. Eli hablara con las fotos, y nos dejara mudo a todos, tanto como a ella, y su emoción. El San Mar nos atravesó de lado a lado.

Estamos molidos, pero felices, anoche con Juan estuvimos hasta las tres y media en el tributo a Alejandro Lafleur, líder de Carniceros, profesor de Sociología en la UBA, vagabundo, drogadicto, loco, inteligente, autor de un libro que escribió durante sus tres años de estadía en la cárcel, acerca de la institución carcelaria. Y también de una canción tan bella como Batumba cha cha. Aquí va mi homenaje, porque no podía estar ausente en esta crónica. Se nos fue hace dos meses, y puedo decir muchas cosas de el, pero me quedo algo que el hacía. El te promovía que llegues todo el tiempo a una la conclusión de que todo lo tenés que hacer por tus propios medios. Te decía que el mundo está construido de tal forma, que quizás, la única manera en que se puede producir una transformación es desde uno. Si, ya se, es una pavada, pero hay que ver como lo decía, hay que ver como sonaba en su boca una palabra que nunca escuche hacer sonar de la misma manera en boca de otro: Libertad.

Por Tomate

Foto: Elizabeth Taylor

domingo, 14 de noviembre de 2010

Juan con Quién en el Hogar Kaupé


El recital se hizo el 12 de noviembre en el largo salón del Hogar Kaupé donde las mujeres alojadas pasan los días mirando televisión, charlando, preparando comida, comiendo, asistiendo a algún taller, arreglando ropa donada para que llegue en condiciones a quienes la usarán.

En ese lugar ha quedado fija la decoración de la primavera. Del techo cuelgan cintas y grandes mariposas de papel, en las paredes siguen estallando flores de colores excitados. En las paredes también hay matafuegos y planos de emergencia, planillas de horarios que organizan a quiénes les tocan diferentes tareas cada día, dibujos, frases, avisos varios. Uno dice que una agencia incorpora personal doméstico.

Fotos: Vero Cozzi

Es viernes. Con responsabilizada puntualidad llega Juancito a las siete de la tarde con sus músicos invitados. “Esta banda se llama Juan con Quien, dirá más tarde, pero hoy los Quién se llaman Nahuel Monteagudo, que hará la percusión, y Mauricio De Ambrosi, que tocará el saxo soprano”.

La señora E. se acerca parsimoniosamente y pregunta con corrección si no tocará la señorita “que cantó en el último recital, se me fue el nombre, disculpe”.
“Eugenia”.
“Sí, Eugenia”.
Le explicamos que hoy no le toca. “Qué pena”, dice, hace un breve silencio y luego pregunta por “la otra chica, la que tocaba el bandoneón”, y pregunta por Maite, por Susana, por Cynthia, por Diego, por Fernando, por Liz… por Loreley (la señora E. ama a Loreley). Pregunta siempre por cada una de las personas que han ido una vez. La señora E. pasó mucho tiempo en la calle, quizás años, y ahora tiene esta casa. Con las demás habitantes, hacen hogar. Saben hacer hogar. Lo hacen cuando albergan, identificando el nombre de cada persona que llegó de visita, preguntando cómo anda, mandándole decir que lo esperan, enviándole este mensaje: “hacemos lugar para vos aquí”. Las coordinadoras se ocuparon de advertirnos cuidadosamente esto cuando empezamos el taller de cuentos, “cuidado que no es un «toco y me voy». Ellas hacen lazos”.

Tomate, con su entrega desaforada, es un personaje totalmente incorporado por las habitantes. Lo hicieron Señor Tomate y su corazón animal no se negó jamás. Tomate interrumpiendo la canción que tocaba para atender el teléfono. Tomate sacando el agua que inundó el salón con un secador de piso. Tomate escuchando a cada una por el resto de la eternidad. Tomate mimándolas, concediéndoles todo, malcriándolas, cantando siete veces en un recital el tema que le piden. Cómo no habría una ovación cuando Juan invitó a Tomate al escenario como músico invitado.

Juancito fue en calidad de músico y en calidad de porfiado. Los X fiAdos somos el equipo que organiza recitales como este, en lugares donde se aloja a personas que no tienen donde vivir o por la fuerza. En nuestras reuniones perdemos profesionalmente el tiempo y lo que queda nos ponemos operativos con los conciertos y también debatimos algunos temas. Uno de los debates que construimos se concentra en el repertorio: ¿es mejor que las bandas lleven un repertorio de temas propios o que lleven un repertorio concesivo? Esto conlleva la pregunta: ¿llevamos música y «que la aprecien aunque no la conozcan» o usamos la música como prenda de amistad y entonces hacemos temas «que sepamos todos»? Es un debate que se presta a discusiones acaloradas y que revuelve muchas cosas. Esa noche en el Hogar Kaupé Juancito tomó posición definida: “Vamos a tocar temas que a lo mejor no conocen. Las invitamos a que los conozcan”. (Las habitantes del Kaupé, sin embargo conocerían algunos temas, autores —“eso es de Drexler, ¿quién no lo conoce?”— y observaron, “¿cómo no vamos a conocer la música brasileña?”. La realidad reina).

Un segundo indicio de que Juan es un X FiAdo fue el dominio formidable que tuvo de todo el recital, lo que resultó en una soltura encantadora y confortable. Desde el primer tema Juan se comió la cancha. Sus músicos, subidos a la onda, se largaron y tocaron maravillosamente. El recital comenzó con Juan pidiéndole a Mauricio que explicara qué era, cómo sonaba, el saxo soprano que tocaría, y terminó con la señora Ch. pidiendo ver un charango de cerca, porque sólo los conocía por la televisión. Mauricio se explayó con el saxo y Nahuel conquistó el clima con sus manos creativas del principio al fin, batiendo, tamborileando, peinando, golpeteando de incontables maneras los cueros de una conga y un bongó.

Fotos: Vero Cozzi

En la temperatura del recital Tomate jugó una pieza importante, ubicándose estratégicamente en medio del público y haciendo palmas, vivando y aplaudiendo desde ahí. Uno de la casa. Charla con las alojadas, les guiña el ojo, les sonríe. La señora E. le habla; no oigo qué le dice, pero sí escucho la respuesta de Tomate: “Voçé é a Garota de Ipanema!”

Fotos: Vero Cozzi

Entre el clamor de la música a todo trapo, Juan llegó a escuchar a C. canturreando con él. “Parece que hay gente que sabía este tema”, diría, mientras C. sonreía en la primera fila, con sus anteojos negros. Pero C. siempre sonríe cuando algo la hace feliz, y la hacen feliz muchas cosas, y en el recital anterior Eugenia se había asombrado de que C. conociera todos los temas, hasta que la sorpresa se tornó incredulidad cuando C. cantaba un tema de Eugenia: no había forma de que lo hubiera escuchado. Descubrimos así la portentosa habilidad de C. de cantar prácticamente al mismo tiempo que el cantante, cual sea el tema que esté cantando.
En medio de la soltura, sonó el timbre y el recital debió interrumpirse porque el escenario estaba entre la puerta de calle y el público: había llegado Maite, aparatosamente, con bicicleta galáctica e hijo con indumentaria de Power Ranger Rojo y casco de astronauta que hacía juego con el peinado hacia el cielo de Maite. Aplauso estruendoso del público, incluido coro “Olééé-olé-olé-olé, Maitéééé, Maitéééé”. El petizo, bajado de la bicicleta, inmediatamente adquirió la posición de lucha de un Power Ranger Rojo y castigó a Tomate.

En ese momento Juan liberaba todo su amor por hacer música, se daba el gusto de crear ese estado singular que se crea con la música, bailando con el paso de reggae. Radiante, tan radiante y encantada como él, la señora S. imitaba el paso sentada en una silla. Ya lo dijimos en otra crónica, la señora S. es sorda. Pero la música ya no tenía límites a esa altura, todos bailoteábamos y nos reíamos. Los tres músicos tocaban como si fueran cien, para un público que en lugar de siete mujeres, eran diez mil fans.

Fotos: Vero Cozzi

domingo, 17 de octubre de 2010

Recital de Eugenia y Juan en el Hogar Kaupé






Cosa seria

No recuerdo si yo alguna vez había presentado una banda. Aquí tenía ascendencia sobre el público, porque cada jueves hacemos un taller de cuentos; sin embargo, cuando mandé el chiste “en todos los recitales anteriores estuvo Tomate, ¡al fin nos libramos de él!”, no hubo ni un atisbo de sonrisa. El hacer hogar aquí es cosa seria.
La verdad es que Tomate no sólo estaba en mi presentación y adoptado por las huéspedes del Kaupé, sino que fue él quien arreó, con corazón y garra, desde Reconquista, junto a su hija Abril, a Eugenia y Juan para que dieran el recital.


Vero

Con responsabilidad de productora cabal, Vero llegó anticipadamente. Cuando llegaron los músicos, era la X fiAda que ya tenía la situación allanada. Luego sería la fotógrafa y al final se quedaría hasta que la banda y el último X fiAdo hubiera salido. Unas líneas tuyas sobre el recital, Vero, no estarían demás.


La adopción

I. había pasado la tarde preparando jugos y galletitas para agasajar a los visitantes y para que el recital fuera una fiesta. La señora E. estaba de gala, con un saco vistoso que le quedaba muy elegante. Con cortesía pero sentidamente preguntó si vendrían Loreley, Maite y Susana. Cuando éste últimas llegaron, la señora E. las saludó sin efusión pero con sonrisa sostenida. Entre los X fiAdos, ellas le caen especialmente bien, aunque no es sólo asunto personal. Las huéspedes se hacen de la casa adoptando. Uno no va allí, deposita lo que quiere dar y se va orondo, libre ya. No es tan simple. Cuando uno va y siembra algo, las personas que han recibido la semilla no dudan en señalar que uno es responsable de lo que ha ayudado a crear. Es una gran enseñanza, que cada uno de los que van a tirar una onda deberían aprender. Los X fiAdos no haremos mal en contarle a Eugenia y Juan cuando las señoras les manden saludos y pregunten por ellos.
Mi reconocimiento a DT, que vio esto antes que todos.


Ritos

La materia prima del hogar es el cotidiano, sostenido por las actividades pautadas; cocinar, salir a trabajar, la higiene, etc. Una rutina firme y comunitaria es indispensable para mantener y estabilizar a una persona que llega atropellada por una tormenta. En ese contexto los recitales son un paso más: su objetivo es insertar en la monotonía un momento especial, soltando algo nuevo y la esperanza de que, una vez contenida la vida, algo mejor puede aparecer.
Los recitales, así, pueden ser ritos. Momentos sagrados. Si se quiere que la música no sirva para otra cosa que entretener, la lo mismo una banda en vivo que la radio. Si los recitales pueden dejar algo, habría que dar lugar para que se produzca el arco voltaico sagrado entre los músicos y la gente.
El viernes 15 en Kaupé, tuvimos sobrada muestra de ello. Pese a que la fuerza del cotidiano presionaba desde quienes no hacían silencio, la preparación de las empanadas o la ronda de saludos de un rezagado que ignoraba el momento, un ángel insistió en volver cada vez, en pasajes del Himno de mi corazón, los temas de Marley y la versión de Stand by Me. Vimos a los músicos sumergirse en algo más allá de la realidad y vimos a las mujeres recibir el milagro.
El apogeo tuvo lugar cuando la señora E. pidió Naranjo en flor. Yo le advertí que quizás no lo habían ensayado, pero Eugenia dio uno de esos pasos hacia la audacia inspirados por alguna cosa, y la entonó, con su voz maravillosa y su técnica que saca lo mejor de sí. Largó a capella, pero Juan se prendió, y entonces se fue armando de ese tango tan inspirado, una versión exquisita. Todos así, todos, sabíamos que estábamos escuchando algo que no calaba hasta el alma y que nunca más escucharíamos en nuestras vida.

 
Público

En la primera fila estaban S., con su mirada de ángel recién llegado a la Tierra, y C., con sus anteojos negros. S. no puede oír y C. no puede ver; sin embargo, S. aplaudía siguiendo el ritmo del aplauso de las demás y C. bailoteaba con alegría, moviendo la cabeza y haciendo palmas. Vi que tarareaba las canciones. Eugenia me explicaría más tarde que lo que cantaba C,. le creaba un efecto indescriptible: “iba duplicando lo que yo cantaba en un tono extrañísimo. Todas las inflexiones que yo hacía las replicaba con un instante de delay, sin perderse ninguna”.


Cartel

Vi un cartel pegado en una cartelera, con una frase que había aportado I.: MÁS VALE POCO CON JUSTICIA QUE ABUNDANTES GANANCIAS CON INJUSTICIA.


Madres

El recital se hizo dos días antes del Día de la Madre. Le di muchos rodeos al tema en mi mente antes de encarar a las mujeres alojadas. Tenía miedo. Al fin les fui preguntando directamente cómo sería su domingo. Una iría con sus hijos, otras no verían a sus madres. Algunas señoras no tuvieron hijos. J. tiene varios, y siempre escribe sobre ellos, pero estará en el hogar y nos los verá. No pude preguntarle por qué. J. había estado ausente todo el recital, pero al fin de un tema aplaudió muy fuerte, y siguió aplaudiendo una vez que los demás aplausos se hubieran apagado. Aplaudió y aplaudió, y su aplauso solitario retumbó en todo el hogar.

15 de octubre de 2010